Camino hacia mi escuela, es algo tarde; siempre despierto algo tarde, así ha sido desde hace algún tiempo, ya estoy acostumbrado. Estoy sólo a unas calles de mi destino, caminado por la acera de una avenida; por alguna razón extraña decido mirar a mi izquierda, a donde los autos; veo una extraña figura corriendo entre ellos, como una sombra. Es un animal, un perro de abundante pelaje grisáceo rayado con negro, sobre sus extremidades surgen abanicos de encrespado bello blanco y de su cabeza cuelgan gruesas rastas adornadas con joyería rustica. Sus patas eran largas, era un perro grande. Trotaba entre los autos; tardé un poco en realizar que la forma de aquel animal no era común y justo cuando me pareció verdaderamente extraño, justo cuando fijé en él la mirada para examinarle con detención; me devolvió la mirada, como si hubiese sentido que le observaba. Fue una mirada que se tornó seria; se mantuvo fija en mis ojos, como si le recordase algo; me fue imposible continuar hurgando en su figura, incluso llegué a sentir que debía irme de ahí lo antes posible; antes de que aquel animal comenzara a seguirme. Miré de nuevo al frente para caminar más rápido, pero mi razón detuvo mi paranoia y mi curiosidad me hizo echar un vistazo atrás; ya no estaba ahí, se había esfumado, lo busqué en aquella vista sin poder encontrarle; su extraña forma se desvaneció entre los autos.
Aquella extraña aparición mantuvo mi mente ocupada una buena parte del día; la mirada de aquel ser era muy distinta a la de cualquier otro perro; parecía que recordaba, como cuando se encuentra a alguien a quien no se ha visto en mucho tiempo y se duda sobre si se trata realmente de aquella persona.
Cavilaba mirando el techo de mi alcoba, pensando en lo ocurrido durante todo mi día; hubo algún tiempo para pensar en aquel peculiar encuentro matinal, fue casi al borde de mis cavilaciones, cuando estas comenzaron a tornarse incoherentes; entre oraciones sin sentido caí en un profundo sueño.
Escuchaba un silbar, algo que giraba a gran velocidad cortando el viento. Su rostro estaba cubierto por gruesos lentes redondos y grandes, como un visor; el color del atardecer se reflejaba en sus cristales, fumaba un puro y en su cara se dibujaba una peculiar sonrisa. El hombre topo sostenía una extraña maquina en sus manos, semejante a un taladro de rotor largo; un manojo de tubos giraban con velocidad, mientras el sostenía la base a la que estaban fijados con una mano y presionaba un gatillo con la otra.
– ¡Fuera de aquí maldita plaga! –gritó eufórico su ronca voz mientras su maquina comenzaba a silbar con más intensidad. Al mismo tiempo retrocedía, sus gruesas botas dejaban profundas huellas en el fango donde nos encontrábamos, su gabardina se arrastraba enlodándose demasiado.
Miré hacia donde apuntaba aquel aparato que comprendí era un arma; extrañas criaturillas de piel blanca comenzaban a retroceder, ahuyentadas por el impacto de municiones invisibles que aquella arma debía arrojar. Eran humanoides de miembros flacos, no más altos que un arbusto, dotados de una cola larga como de mono y extrañas protuberancias en la cabeza: como orejas y cuernos a la vez; sus ojos eran pequeños y muy juntos, negros y redondos como chícharos; su hocico sobresalía ligeramente de su rostro, demasiado redondeado; su boca era grande y su nariz pequeña. Algunos tenían lunares de color café, pero en su mayoría eran de piel blanca o grisácea, semejante a la cantera. Se cubrían la cara con sus largos brazos, como si aquella arma expeliera alguna luz invisible que les que les calara la vista; pronto noté que su piel se llenaba de llagas, aquello debía quemarlos poco a poco, cada vez les parecía más insoportable. No sentí pena por ellos; se miraban peligrosos, gritaban de una forma espantosa exponiendo su afilada dentadura y su serpenteante lengua morada. Era toda una horda, aún cuando los que se encontraban más al frente gritaban y se retorcían agonizando, detrás de ellos surgían más y más.
El arma del hombre topo comenzó a detenerse poco a poco, algunas de las criaturillas cayeron inertes al pantanoso suelo, mientras otras, aunque heridas, seguían avanzando. El cañón silbante estaba al rojo vivo, el hombre topo le dejo caer al fango, su gran peso le hundió profundamente después de escuchar el choque metálico de sus piezas: aquel personaje debía tener una gran fuerza como para sostenerle con la facilidad con que lo hacia; ya en el suelo humeaba, evaporando la humedad del lodo con el calor del metal casi a punto de fundición. Arrojó con furia su consumido puro y le aplasto con su bota.
–Es el fin muchacho –me dice apretando los dientes y los puños, haciendo eco a sus palabras el rechinar de sus guantes de cuero.
Las criaturas blancas caminan hacia nosotros, sus enormes bocas sonríen de una manera bestial, abriéndose como círculos aserrados de dientes en cuyo centro ondea una viscosa serpiente de aspecto venenoso. A pesar de ser humanoides caminaban sosteniéndose sobre sus brazos, les costaba mantenerse erguidos y se movían lentamente, aunque esperaba que en cualquier momento cayeran sobre nosotros cual lluvia de mandíbulas ansiosas de carne. El atardecer caía reflejado en los lentes del hombre topo, la oscuridad nos devoraba al mismo tiempo que aquellas bestias nos cerraban el paso; detrás de ellas el sol caía, casi indiferente a nuestra suerte.
Se escucha el rugir de un motor, los árboles de mi izquierda son repentinamente derribados, acto precedido inmediatamente de una lluvia de astillas y fango; fueron impactados por un extraño trasporte de aspecto rudo. Las bestias que se encontraban ya cerca de nosotros son aplastadas sin piedad, pocas lograron expedir clamor alguno ante tan repentino ataque; las que no consiguieron huir morían despedazas entre aquellas negras ruedas, esparciendo sangre oscura por todo el lugar. Un hombre elegantemente vestido piloteaba aquel vehiculo; miró su ropaje manchado de fango, sangre y astillas; con desprecio y fastidio; para luego dirigir algunas palabras que no entendí al hombre topo, juro que le escuche ulular al hablar.
–Hemos tenido suerte chico, si Demian no fuese tan oportuno habríamos sido el bocadillo de esas bestias.
Miraba el arma con detenimiento ahora que reposaba en la caja posterior de aquel vehiculo, era más grande de lo que notara al principio; en las manos enormes del hombre topo el gatillo se miraba como el de cualquier otra arma, pero su mango era casi tan grueso como mi brazo; era increíble que aquellas manos burdas que esparcieron muerte sobre aquellas extrañas bestias fueran las mismas que alguna vez viese construir con delicadeza el espejo de sueños.
– ¿Qué eran esas cosas? –pregunté sin saber con certeza a quien de los dos me dirigía; al sujeto de vestimenta elegante que parecía llamarse Demian, o al hombre topo cuyo nombre aún desconocía.
–Felim –contestó Demian quien manejaba-, los niños blancos del bosque.
–Tengo un cultivo de setas en aquel lugar, pues tiene la humedad que busco; pero esas malditas criaturas destruyen mis invernaderos; antes no habitaban esa región, algo les hizo moverse recientemente –Añadió el hombre topo con su clásico tono sombrío.
– ¿Qué es esta… arma, con la que les disparabas? –no pude resistir mi curiosidad, afirmando que conocía el propósito de la maquina, pues por la experiencia era más que obvio.
–En resumen: un cañón de infrarrojo; es de mi propia invención, una versión simplificada de uno que usaba para facilitar la excavación ablandando la tierra, sólo que sin la emisión de microondas –dijo con fatuidad el hombre topo, parecía enorgullecerse de aquel armatoste-. ¡Esos monstruos si que chillaban! Es como arrojar fuego sobre ti, sólo que este te quema desde dentro –la emoción con que lo afirmaba me hizo estremecer.
El vehiculo se detuvo frente a un gran árbol, en la copa sobresalía una flecha de hierro de la que emanaba una cortina de flujo azulado que parecía formar un arco; recordaba ver la tierra sobre mí en otra ocasión, pero aquello quizás sólo era visible através de esta delgada capa de fluido azul.
Subíamos por el elevador de madera hasta la copa del árbol, había mezas con maquinaria a medio armar y herramientas aquí y allá; tal como imaginé, la tierra se podía ver desde allí a través de la delgada capa de flujo azul que brotaba cual fuente de la flecha del astrolabio gigante; el cinescopio mostraba un circulo graduado con caracteres ilegibles y un tictac de piezas pesadas se escuchaba bajo mis pies. Todo era iluminado por el resplandor azul y sepia del espejo de sueños; una voz conocida habló tras de mí con la boca parcialmente llena:
–Es bueno que te vuelva a ver, pronto llegará el momento en que te cuente mi historia –era un leopardo recostado sobre un estante, masticaba un crujiente bocado mirándome vanidosamente; lo conozco, su nombre es Jevrilirvej, un monje de tierras lejanas; menea la cola tragando su crujiente alimento mientras un roedor decapitado se desangra entre sus garras.
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Es la tercera parte e una serie de episodios acerca de un viaje através de sueños por una tierra extraña, una tierra de ilusión consumida por una antigua fuerza. Los capítulos anteriores son
I- Espejo de sueños y
II- Jevrilirvej.